La expansión imperialista europea
El desarrollo de la economía capitalista puso en marcha una cadena difícil de detener. Producir para ganar más y ganar más para producir fueron las metas de los pujantes capitalistas de fines del siglo XIX. Tal dinámica exigía una disponibilidad permanente de materias primas y mercados de consumo, y los llevaba a buscar lugares donde la inversión del capital resultara más rentable. Estas fueron las principales razones de la expansión de los europeos en el mundo.
Una relación desigual
Europa carecía de muchas de las materias primas requeridas por la segunda revolución industrial, por lo que buscó obtenerlas en otros continentes. La mayoría de los países que las producían tenían economías agrarias, por ello, a la vez que compraba sus materias primas, les vendía para productos manufacturados. De esta manera conseguía colocar el volumen creciente de su producción fabril. Esta relación comercial, aparentemente beneficiosa para todos, presentaba desventajas para los países productoras de materias primas, porque los precios de estas eran menores que de los productos industriales. La diferencia resultante retornaba a los europeos, que volvían a invertir parte de sus ganancias, reproduciendo el ciclo. La mayor parte de estos capitales se “exportaban” allí donde dieran mayores ganancias; por ejemplo, en préstamos a gobiernos de países latinoamericanos o en inversiones en sectores de gran rentabilidad: puertos, redes ferroviarias y otros.
Vuelven los imperios coloniales
A pesar de este saldo a su favor, los capitalistas europeos vieron la posibilidad de ganar aún más si lograban someter políticamente a naciones cuyos gobiernos eran tan débiles como sus economías. En África, por ejemplo, la mayoría eran tribus con estructuras políticas muy primarias. En Asia había reinos y hasta imperios, pero la superioridad técnica y militar de los europeos logró abatirlos o conseguir de ellos importantes concesiones. A partir del último tercio de siglo, la expansión europea recurrió a la conquista militar de las zonas codiciadas o impuso sobre ellas un dominio económico, generando fuertes dependencias de las economías débiles respecto a las naciones industriales. Por otra parte, distintas zonas del mundo fueron sometidas al dominio económico de Inglaterra, sin conquista militar. A este fenómeno se le llamó imperialismo informal británico.
Rivalidades entre las potencias europeas
Inglaterra fue la vanguardia de esta nueva expansión colonial; con la mayor flota del mundo, conservaba su primacía aunque su industria ya no estuviera a la cabeza. Alemania y Estados Unidos le pisaban los talones, y otros países europeos -Bélgica y Francia- habían alcanzado altos niveles de industrialización. Por esa razón decidieron competir en la “carrera” por conseguir colonias.
A fines del siglo XIX, el poderío de un país europeo se medía según tuviera colonias o no. Muchas veces lo que condujo a la conquista fuer esta rivalidad política más que los intereses económicos; como fue el caso de algunas zonas estratégicas, valoradas por “cortar” una zona de dominio de otra nación o por ser punto obligado del comercio de sus adversarios.