Las transformaciones producidas por la revolución industrial inglesa en la segunda mitad del siglo XVIII se ampliaron y profundizaron en el siglo siguiente. Entre 1850 y 1914, países como Bélgica, Francia y especialmente Alemania, se sumaron a este proceso. También lo hicieron Estados Unidos y Japón, fuera de Europa.
Como en la primera fase industrial, la tecnología tuvo en este proceso un papel preponderante. Pero a diferencia de aquella etapa, en la que los inventos procedían de ingeniosos artesanos, la complejidad de las máquinas —necesarias para producir cada vez más y en menor tiempo— requirió de los servicios de la ciencia. Así, el afán de ganancia de los empresarios concretó la alianza de la ciencia, la técnica y la producción, uno de los rasgos característicos de las economías del siglo XX.
El acero, por ejemplo, es una variedad del hierro debida a una mayor proporción de carbono que lo hace más fuerte, flexible y duradero. El proceso Bessemer —que lleva el nombre de su inventor— permitió producirlo a gran escala y abaratar sus costos. Progresivamente fue sustituyendo al hierro en la fabricación de máquinas, barcos y ferrocarriles, potenciando el desarrollo de la industria pesada. La expansión de esta industria, la siderurgia, fue uno de los principales fenómenos de la segunda revolución industrial, en la que Estados Unidos y Alemania tomaron la delantera.
En la imagen: Fundición Krupp, Alemania. Fuente: meisterdrucke.es
Otra innovación tecnológica fundamental fue la explotación de nuevas fuentes de energía. Con mayor poder calórico y más fácil de transportar que el carbón, el petróleo podía aplicarse a usos múltiples. A partir de la invención del motor de explosión interna, fue desplazando al carbón como combustible de máquinas y transportes y, en estado líquido, como gas natural, se utilizó en el alumbrado público y doméstico. Algunos de sus derivados, como los plásticos y otros productos sintéticos, dieron origen a la industria química, uno de los sectores más dinámicos de la nueva economía. En cuanto a la electricidad, su invención dotó a la industria de una herramienta formidable para el accionar de motores y máquinas, así como para la producción de luz y calor. Más tarde, esta fuente energética se aplicó a los transportes y desencadenó otros inventos en el campo de la comunicación a distancia, como el telégrafo, el teléfono y la radio.
Muchos de los objetos que actualmente nos rodean: celulares, cámaras digitales, devedés, etc., son desarrollos de los inventos iniciales a los que hace referencia esta página.
Thomas A. Edison junto su invento: el fonógrafo.
Fuente: meisterdrucke.es
El teléfono y la telegrafía sin hilos revolucionan la comunicación a distancia. Su rápida difusión fue estimulada por la gran utilidad durante la guerra y, sobre todo, por el uso en el comercio y las finanzas.
Teléfono, invención del s. XIX
La electricidad comenzó a imponerse en las industrias y para la iluminación en los hogares, después de que Faraday (1791-1867) comprobó que se podía producir electricidad a través de sustancias químicas, mediante un campo magnético, y de que Edison inventó la lámpara de filamentos incandescentes.
Primera película de la Historia: La llegada del tren (hermanos Lumiere, 1895)
La industria química ganó terreno con múltiples innovaciones que afectaron industrias, la agricultura y el consumo de la población: fertilizantes orgánicos y sintéticos, colorantes sintéticos, explosivos, fármacos y perfumes, entre otros.
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En la imagen, Luis Pasteur.
Fuente: curiosfera-historia.com
Luis Pasteur descubrió la vacuna contra la rabia y también un método para eliminar las bacterias de los alimentos, que conocemos como pasteurización.
Las aspirinas, inventadas en 1889, se convirtieron en un medicamento de uso universal.
En 1885, el ingeniero alemán Karl Benz construyó el primer automóvil con motor de combustión interna. Hacia la misma época también fueron diseñados el primer tranvía eléctrico y el aeroplano.
El aeroplano, hermanos Wright
Fuente: weekend.perfil.com