Les invitamos a leer y representar distintas historias vinculadas a las leyendas urbanas que se han hecho populares en nuestra ciudad y forman parte de nuestra cultura.
Elegir una de las historias por equipo (puede ser de la lista u otra que conozcan).
En una cartulina anotar el título, y las ideas principales de la historia (ver ejemplo)
Realizar un dibujo, un representación, un disfraz o cualquier otra forma de compartir el tema central.
Ejemplo: Si trabáramos el lobizón, podríamos representar su historia así:
Desde hace mucho tiempo, el Hospital Regional de Salto recibe las visitas de un enigmático ángel mensajero. Es un querubín enviado por Dios a la Tierra con la misión de anunciar a algunos enfermos terminales que pronto emprenderán el viaje hacia la Región de las Sombras.
A diferencia de otras criaturas fantásticas de las leyendas salteñas, el ángel no tiene una apariencia fija. Al haber sido creado a imagen y semejanza de Dios, también él, como su padre, «se ha hecho todo para todos con el fin de salvar, por todos los medios, a algunos» (I Corintios 9:22). Casi siempre se presenta como médico o enfermero, aunque también puede aparecer como un compañero de habitación, un visitante, alguien del personal de limpieza o incluso como una paloma blanca que aletea alegremente en las cornisas. Por eso, la mayoría de las personas no logra verlo; los enfermos, en cambio, lo reconocen enseguida, incluso cuando adopta formas inesperadas.
La visita sigue siempre el mismo ritual. El ángel se acerca con solemnidad al paciente, tendido en una camilla o sentado en una silla de ruedas. Después de besarle la frente, le toma las manos y empieza a hablar. Le explica que no debe tener miedo, aunque sería conveniente que dejara sus asuntos en orden: el Señor ha decidido que su tarea en el plan divino ha concluido y que pronto lo recibirá junto a él. Durante ese encuentro, el enfermo permanece en calma. La voz y la mirada del mensajero transmiten tanta paz, y su presencia parece tan celestial, que pronto deja de pensar en sus dolores y sufrimientos para atender sus palabras.
Después de esa visita, algo cambia en el paciente. Como si ya hubiera probado las alegrías del Edén, muestra una mejoría repentina que desconcierta a los médicos. Sonríe ampliamente y una luz nueva —la luz de la esperanza— brilla en sus ojos, que han conocido la Verdad. Sus familiares y amigos lo ven más joven y feliz. Cuando finalmente llega la muerte, se marcha con serenidad y en la plenitud de sus fuerzas, como si su partida fuera un milagro o una bendición.
Las historias sobre este ángel son conocidas por muchas personas. Y puede decirse que, tarde o temprano, quienes frecuentan el Hospital Regional de Salto terminan escuchando alguna de ellas.
Una noche lluviosa, un camionero volvía a Salto por la ruta 3 después de entregar en Río Grande do Sul un cargamento de naranjas. Poco antes de llegar a Belén, vio a una mujer que le hacía señas con evidente desesperación. Al principio no le pareció extraño: los camioneros suelen encontrarse con personas que piden que las lleven, incluso en plena tormenta y lejos de cualquier poblado. Así que redujo la velocidad para detenerse.
Pero, al acercarse, notó algo más: unos metros adelante, al comienzo de una curva, había un auto volcado que parecía haber chocado hacía poco y empezaba a incendiarse.
El camionero frenó y bajó rápidamente para ayudar a la mujer. Era muy joven y estaba herida: sangraba, rengueaba y tenía un corte profundo en la cabeza. Aun así, no parecía preocuparse por su estado.
—¡Por favor, ayude a mi hijo! —suplicó—. ¡Está atrapado en el auto y, si no lo sacan pronto, va a morir!
El camionero tardó un instante en reaccionar. Le preguntó si ella estaba bien o si necesitaba atención urgente, pero la joven no pareció oírlo.
—¡Mi hijo! ¡Sálvelo, se lo ruego! —insistió, angustiada.
Confundido, el hombre corrió hacia el vehículo. Encontrar por dónde entrar fue difícil: el auto había dado varias vueltas y estaba reducido casi a un amasijo de hierros. El humo y el olor a combustible apenas lo dejaban respirar, mientras las llamas amenazaban con provocar una explosión. A pesar del peligro, logró romper una ventanilla y alcanzar los asientos traseros. Allí vio un bulto blanco y, al mirar con más atención, descubrió que era un bebé envuelto en mantas, acurrucado y llorando suavemente.
Con mucho cuidado, lo sacó del auto y agradeció a Dios haberlo puesto a salvo antes de que el fuego llegara al tanque. Cuando pensó que ya había terminado, advirtió que otro cuerpo seguía atrapado entre los restos del vehículo.
En ese momento llegó otra camioneta. Era una patrulla con dos agentes de la Policía Caminera, que se habían detenido al ver el accidente. El camionero se acercó con el bebé en brazos y les explicó rápidamente lo ocurrido, recalcando que debían actuar sin demora. Los oficiales tomaron un extintor del vehículo y corrieron a auxiliar a la segunda víctima. Mientras tanto, el camionero atendió al bebé, que por suerte estaba sano y salvo.
Al comprobarlo y tener un momento para pensar, el camionero se dio cuenta de algo que hasta entonces no había notado: la mujer que le había pedido ayuda ya no estaba.
Los agentes lograron sacar a la segunda víctima del auto, aunque con mucha dificultad. Pero ya había muerto. Al verla, el camionero casi se desmayó: pese a las heridas que le habían desfigurado el rostro, reconoció a la mujer que había encontrado en la ruta. Era la madre del bebé y, al parecer, había fallecido en el acto del choque.
La aparecida de la ruta 3 no era otra que el espíritu de aquella madre. Antes de partir hacia el Reino Tenebroso, había querido asegurarse de que su pequeño quedara a salvo.
En el centro del barrio El Cerro, en Salto, hay una manzana delimitada por las calles Silvestre Blanco, Joaquín Suárez, Maciel y Amorim. Allí funciona la Escuela Nº 64 España, cuyo patio de recreo alberga un ombú que, al anochecer, adquiere poderes asombrosos.
Una de sus características más extrañas es que puede moverse. En ocasiones, atrapa con sus ramas a los pájaros que se posan en él para dormir y se los come. Otras veces, se desplaza de su lugar y aparece en sitios inesperados: cerca del Cuartel del Ejército, de la Piscina Barrial, de la cancha del Club Atlético Nacional o del Liceo Piloto. Sin falta, al amanecer vuelve a su sitio en el patio.
Durante algunas noches invernales, el árbol también cambia de aspecto. Aunque está desnudo de hojas, sus ramas brillan con un resplandor blanco, casi fosforescente, mientras una densa niebla blanca gira a su alrededor. A veces, de sus ramas caen frutos encendidos y semillas ardientes, que producen destellos visibles desde lejos. Según los curanderos, en esas temporadas la savia adquiere propiedades mágicas y sirve para preparar remedios, elixires y narcóticos.
Pero su rasgo más enigmático es que puede hablar. Algunos describen su voz como una brisa o un suspiro parecido al silbido del viento fuerte, entre cuyos sonidos se alcanzan a distinguir palabras y frases. Por eso, hay quienes creen que no es un árbol, sino una persona transformada, cuya voz expresa el sufrimiento de alguien que ruega que lo liberen del hechizo. Otros sostienen que quienes hablan son espíritus malignos ocultos en la corteza. Sea cual sea la explicación, muchos aseguran que el árbol encantado tiene voz. Quien dude puede preguntarles a los niños, a la directora, a los maestros o a los integrantes de la Comisión Fomento de la escuela, que podrían confirmar estos relatos.
Algunos vecinos dicen que es posible protegerse de la influencia maligna del ombú saludándolo tres veces con una fórmula invertida: de día hay que decirle «Buenas noches, señor árbol» y de noche, «Buenos días, señor árbol». Así, aseguran, uno puede acercarse sin peligro. Si no se realiza el saludo, podrían sobrevenir consecuencias terribles: dolor, enfermedad e incluso la muerte.
Aun así, estos prodigios suceden solo de vez en cuando. Por eso, quienes ven habitualmente el árbol de la Escuela Nº 64 durante el día no llegan a percibir nada extraordinario.
Quizá para despertar la envidia de los adultos que también disfrutan de las historias fantásticas, los duendes del Parque Solari solo se dejan ver por los niños. Ellos son los únicos capaces de divisar a estos pequeños seres, de cuya existencia los mayores no pueden dar fe. Aun así, con el paso de los años, las conversaciones con los niños han permitido conocer muchos detalles sobre ellos.
De acuerdo con los relatos más difundidos, los duendes son criaturas diminutas, de entre diez y quince centímetros de altura, sin sexo, con aspecto grotesco y sombrío. Tienen ojos de un azul muy intenso que brillan como velas en la oscuridad. Se desplazan casi desnudos a ras del pasto: solo llevan una capucha parecida a la de un monje y un paño gris alrededor del cuello, a modo de poncho o bufanda. Sus brazos y su nariz ganchuda parecen demasiado grandes para su cuerpo. Tienen la piel llena de arrugas y las piernas flexionadas por las articulaciones, como si estuvieran rígidas. Esto no resulta tan extraño si se tiene en cuenta que pueden vivir casi tres veces más que una tortuga.
Los niños también cuentan que los duendes viven dentro de los troncos de los árboles o en cuevas que han excavado bajo las raíces. Allí realizan trabajos extraordinarios: preparan pócimas mágicas, transforman piedras en oro y otros metales valiosos, dibujan mapas que señalan dónde hay tesoros enterrados y preparan trampas para los enemigos de la Tierra. Actúan así porque los asusta una antigua profecía, según la cual su especie desaparecerá cuando muera la Naturaleza.
Como son criaturas de la oscuridad y no soportan la luz, salen de noche y, durante el día, se esconden en los rincones más sombríos del parque. Casi nunca aparecen solos: suelen reunirse en grupos numerosos. Aunque son curiosos, también pueden ser tímidos y, a veces, malhumorados. Por lo general, intentan acercarse a los niños, pero son difíciles de encontrar y muy escurridizos. Si alguien trata de atraparlos, huyen a una velocidad increíble o trepan con facilidad por los árboles. Cuando se sienten en peligro, además, pueden convertirse en un montículo de plantas, una piedra o un arbusto para ocultarse de sus perseguidores.
También son juguetones y aficionados a las travesuras. Tapan con hojas las cañerías de los baños del parque, alborotan para asustar a los perros de los serenos, cubren de musgo las estatuas y las esculturas del lago, roban comida a quienes hacen picnic los domingos, pinchan bicicletas y esconden las pelotas que caen entre los pastos.
Los niños relatan aventuras asombrosas junto a ellos. A veces, mientras juegan a las escondidas, los duendes aparecen para indicarles los mejores lugares donde ocultarse. En otras ocasiones, los ayudan a remontar cometas, les cuentan chistes subidos de tono y les regalan frutas, caramelos, bolitas o monedas. Sin embargo, castigan severamente la avaricia: al niño que extiende la mano le dan un puñado de cosas, pero al que lleva una bolsa lo echan a patadas.
También toman a los niños de la mano y los conducen a cuevas bajo los árboles, desde donde los llevan a la Tierra de las Hadas. En esos mundos imaginarios, habitados por criaturas y animales fantásticos, el tiempo pasa de manera distinta. Se conocen casos de niños que permanecieron allí durante mucho rato y que, al regresar, descubrieron que en el mundo de sus padres solo habían pasado unos segundos.
Por diversas circunstancias, los alumnos de la Escuela Nº 81 Enrique Amorim son quienes más veces han visto a los duendes de entre todos los niños de Salto. La escuela está frente al parque y, durante el recreo, los maestros suelen llevarlos allí a jugar, lo que facilita esos encuentros. Al principio, los docentes escuchaban desconcertados las historias de sus alumnos y sus insistentes señalamientos hacia una piedra vacía donde, según ellos, había un duende sentado. Pero las apariciones se volvieron tan habituales que, con el tiempo, maestros, niños y duendes llegaron a convivir en paz, como cualquier vecino de Salto con los demás habitantes de la ciudad.
Quizá algún día los funcionarios del Catastro Nacional resuelvan la disputa sobre dónde estuvo el antiguo cementerio de la ciudad. Hasta entonces, seguirá habiendo distintas teorías: algunos lo ubican bajo el nuevo edificio de la Regional Norte de la Universidad de la República, otros bajo la plaza Artigas o en los terrenos baldíos próximos al liceo de Salto Nuevo. Sin embargo, las versiones más difundidas sostienen que el cementerio ocupaba el lugar donde se construyó el Instituto Politécnico Osimani y Llerena, que desde hace años alberga al Liceo Nº 1 IPOLL. Por eso, cuando cae la noche y desaparecen los últimos rayos de sol, allí ocurren fenómenos misteriosos.
Los relatos sobre estos sucesos son variados. Se dice que bancos y pupitres se desplazan por sí solos; que aparecen dibujos extraños e inscripciones en lenguas desconocidas en los pizarrones; que alguien deja papeleras desordenadas en espacios que acaban de limpiarse; y que suenan teléfonos en aulas donde no hay ninguno. También se habla de puertas cerradas desde dentro que, al abrirse, revelan habitaciones vacías, de ventanas que se rompen sin explicación y de expedientes, pruebas y documentos oficiales que desaparecen. En ocasiones, se distinguen en los corredores sombras de personas ahorcadas o figuras que caminan antes de desvanecerse y atravesar paredes. Alumnos, docentes, autoridades y personal de limpieza aseguran haber presenciado estos fenómenos.
Algunas de las historias más llamativas provienen de policías que pasaron muchas noches solos en el edificio mientras trabajaban como serenos. Cuentan que allí se presentan sucesos de todo tipo: una canilla que se abre sin que nadie la toque, una cisterna que se acciona sola o ráfagas heladas que aparecen incluso en pleno verano, cuando el calor intenso mantiene inmóviles los árboles cercanos. A veces, el aire se llena de una niebla blanca; otras, se ven luces y destellos en los pasillos. También se percibe, de pronto, un intenso olor a azufre en lugares tan distintos como el laboratorio, el salón de actos, la sala de profesores, el gimnasio o la biblioteca. Y, en el fondo de los espejos, llegan a asomarse rostros de aspecto inhumano.
Son tantos los policías y serenos que dicen poder confirmar estas apariciones que hace mucho ninguno se atreve a permanecer dentro del liceo durante la guardia. Desde entonces, las rondas de vigilancia se hacen únicamente por el exterior del edificio.
El llamado «Plan Fuhrmann» fue una amplia conspiración nazi destinada a apoderarse de Uruguay, cuyo centro de operaciones —aunque parezca increíble— habría estado en la ciudad de Salto.
Su principal responsable era un inmigrante alemán que llegó al país en 1937 y se estableció en Salto para dedicarse a la agricultura y la fotografía. Se presentaba como Asmuel Fushman, pero su nombre verdadero era Arnulf Fuhrmann. Se conoce poco sobre su pasado: algunos decían que tenía importantes relaciones comerciales y otros, que había sido periodista en Alemania. Poco después de llegar, se casó con la viuda de Federico Jungblut, dueña del estudio fotográfico Foto Clave. En febrero de 1937 fue nombrado administrador del diario La Campaña, vinculado al Partido Ruralista, y al mes siguiente pasó a dirigirlo. Su gestión fue considerada eficaz: aumentó la cantidad de páginas, consiguió más publicidad y sumó nuevas secciones. Ese mismo año también fue elegido presidente del Centro Cultural Germano-Uruguayo, una institución fundada por la comunidad alemana de Salto.
Al mismo tiempo, Fuhrmann se dedicó activamente a la política pronazi. En aquella época esto no era excepcional: aunque la población uruguaya rechazaba el nazismo, el gobierno no desconfiaba demasiado de la Alemania nazi. Por ejemplo, los residentes alemanes podían celebrar el cumpleaños de Hitler, el 20 de abril, e izar la bandera de su país. En mayo, Fuhrmann participó en el primer aniversario del Imperio Italiano de Mussolini. En julio dejó el diario para concentrarse por completo en el activismo fascista. En 1939 se incorporó a un grupo nacionalsocialista que actuaba en Salto y Concordia. Repartió propaganda antisemita y, gracias a sus actividades, Salto se convirtió en un importante centro latinoamericano de difusión de esos materiales.
³ Parte de la información de este relato aparece en el artículo «El Mercosur que querían los nazis», de Gabriel Sosa, publicado en el diario El País de Montevideo el sábado 21 de octubre de 2006.
La actividad política de Fuhrmann pronto empezó a despertar preocupación. Antes de la Segunda Guerra Mundial, el nazismo podía parecer una utopía; pero, a medida que las tropas alemanas avanzaban por Europa, la prensa comenzó a advertir sobre el peligro que representaban los nazis en Uruguay. En Salto, Tribuna Salteña publicó en su portada: «Es necesario arrojar del territorio uruguayo a los agentes del nazismo», y añadió: «Salto es escenario de una intensa actividad nazi». En Montevideo, los diarios también informaban de una conspiración nazi, alimentando una alarma pública que mantenía a la población en un estado constante de temor.
En ese clima, el diputado socialista José Cardozo consiguió que se iniciara una investigación policial, centrada especialmente en las actividades de Fuhrmann, considerado uno de los principales representantes del nazismo en Uruguay.
El 1 de junio de 1940, la Policía de Salto allanó Foto Clave y la vivienda de Fuhrmann. Días después, lo arrestaron y lo trasladaron a Montevideo para que compareciera junto con otros diez sospechosos. Dos semanas más tarde, todos fueron liberados tras un pedido extraoficial del presidente Baldomir a la Suprema Corte de Justicia, con el propósito de evitar tensiones en las relaciones entre Uruguay y Alemania. Fuhrmann volvió a Salto, mientras las autoridades seguían examinando los cerca de dos mil documentos incautados.
El 24 de junio de 1941, entre esos papeles encontraron notas, diagramas y dibujos que, en conjunto, describían un plan elaborado por Fuhrmann. Según esos documentos, el régimen nazi podría ocupar Uruguay y extender el dominio del Tercer Reich a esta parte del mundo.
Fuhrmann consideraba que Uruguay, al igual que Bélgica y Francia en Europa, tenía una ubicación estratégica para invadir Sudamérica. Su propuesta constaba de cinco etapas. Primero, distribuir las tropas de ocupación: dos regimientos con artillería y caballería en Montevideo; dos compañías en Colonia, Fray Bentos, Artigas, Rivera y Paysandú; y un batallón en cada uno de estos lugares: Salto, Bella Unión y Yaguarón. Después se llevaría a cabo el putsch o golpe de Estado, que, según el plan, duraría apenas quince días porque no encontraría resistencia militar. La tercera fase, y la más siniestra, consistía en eliminar a los judíos, los dirigentes políticos y los masones una vez conquistado el país. En cuarto lugar, Uruguay sería reorganizado como una colonia alemana agrícola. Por último, serviría como base para atacar Argentina.
El documento también asignaba funciones a distintos integrantes: Julio Hotzer dirigiría las tropas de asalto; Otto Kleing se encargaría de tomar las zonas industriales; Rudolf Patz sería responsable de la quinta columna; Konas y R. Meissner actuarían como instructores de las tropas de asalto, y Arnulf Fuhrmann sería el «Führer» y jefe máximo del Estado Mayor.
Cuando el complot salió a la luz, Fuhrmann ya había sido detenido en Concordia y trasladado a Buenos Aires para responder por un plan de conquista de la Patagonia. Como en Argentina no encontraron motivos para retenerlo, regresó a Salto. En septiembre volvió a prisión para enfrentar a la Justicia por su proyecto.
La autenticidad y el alcance de la conspiración dieron lugar a un debate. El abogado de Fuhrmann sostuvo que el plan era una fantasía o un pasatiempo, que nunca se había llevado a la práctica y que no había dinero para financiarlo. También señaló que el armamento incautado era insignificante: apenas seis ametralladoras ligeras. Sin embargo, el fiscal rechazó el pedido de libertad porque el plan contaba con el respaldo de dirigentes nazis en Alemania y Fuhrmann mantenía correspondencia con miembros del gobierno alemán. La Cancillería alemana intentó presionar, y su embajador en Uruguay fue llamado a Berlín como gesto de protesta, pero los conspiradores siguieron encarcelados.
Finalmente, el 4 de febrero de 1944 se dictó sentencia. De todos los acusados, Fuhrmann recibió la pena más severa: trece años de prisión.
Nunca llegó a cumplirla. En noviembre de 1946, un año después del comienzo de los juicios de Núremberg, fue liberado durante la visita anual a las cárceles. Después de eso, nadie volvió a saber de él en Salto, como si hubiera desaparecido sin dejar rastro.
Según los registros más confiables, Horacio Quiroga visitó Salto por última vez a fines de 1902 o comienzos de 1903. Para entonces ya vivía en Buenos Aires, adonde se había trasladado después del trauma causado por la muerte de su amigo Federico Ferrando. En esa ocasión juró —y cumplió su promesa literalmente— que nunca volvería. Sus motivos parecían comprensibles: su ciudad natal estaba ligada a muchas de sus desgracias. Allí habían ocurrido dos muertes que lo marcaron profundamente, la de su padre, Prudencio, en 1879, y la de su padrastro, Ascencio Barcos, en 1891. Además, los salteños habían recibido con indiferencia sus primeros trabajos literarios, publicados en Gil Blas y La Revista. Y también era salteño Federico Ferrando, el amigo entrañable que acababa de morir a causa de un descuido. Para el joven escritor, que tenía apenas veinticinco años, Salto no parecía guardar recuerdos felices ni alegres.
Aun así, varios de sus biógrafos señalan que, hacia el final de su vida, Quiroga empezó a pensar en reconciliarse en privado con su tierra natal. Esto se percibe, en parte, en las cartas que escribió durante su segundo exilio en Misiones, donde evoca con afecto sus años de juventud. En su correspondencia con Fernández Saldaña menciona con frecuencia a personas, amigos y lugares de Salto, y relata con humor episodios que vivió allí. En las cartas dirigidas a su amigo y coterráneo Enrique Amorim, incluso habla de su deseo de «volver a ver el paisaje salteño». Ese proyecto implicaba tanto redescubrir el valor estético de los recuerdos de su tierra como regresar a ella. «Al fin y al cabo —escribió en una ocasión— hasta los elefantes van a morir todos al sitio donde dieron sus primeros trotes».
La oportunidad de realizar ese deseo estuvo cerca en 1935, cuando Amorim lo invitó al chalet Las Nubes. Quiroga declinó la invitación, pues quería evitar los homenajes oficiales que seguramente le ofrecerían. Sin embargo, su plan de recuperar Salto quedó truncado por razones más graves: poco después empezaron los primeros síntomas de un cáncer gástrico irreversible. El deterioro de su salud y su inestable estado emocional lo llevaron de vuelta a Buenos Aires. Allí, en medio del sufrimiento y la soledad de la gran ciudad, comenzó a pensar en el suicidio con más insistencia que en regresar a su tierra.
Con todo, es posible imaginar que, durante sus últimos instantes y ante Dios, Quiroga siguiera soñando con su Salto natal. Quizá recordó que, según había escrito en su Diario de viaje a París, solo allí había encontrado verdadera diversión; que muchos de los amigos que lo acompañaron toda la vida eran salteños; y que sus primeros escritos en esa ciudad fueron los únicos que le dieron una auténtica alegría creativa. Tal vez evocó también la disparatada Comunidad de Los Tres Mosqueteros, antecedente del Consistorio del Gay Saber y una de las experiencias más extravagantes que se puedan imaginar; los amores inolvidables que le dejaron los carnavales de Salto; y los buenos momentos de su época de estudiante en el Instituto Politécnico. Es razonable pensar que, en la trágica noche de febrero de 1937, cuando murió en el Hospital de Clínicas de Buenos Aires tras ingerir una dosis alta de cianuro, algunas de esas imágenes estuvieran presentes en su memoria.
De ahí provendría, según esta historia, la razón por la que el fantasma de Horacio Quiroga todavía aparece en distintos lugares de Salto: desde el más allá intentaría volver al hogar que su cuerpo no pudo alcanzar en vida. Esto explicaría, además, por qué se lo ve con más frecuencia en las dos casas donde vivió en la ciudad.
En la primera, ubicada en la calle Uruguay, algunos inquilinos dicen haber visto al escritor ciertas noches, caminando por los oscuros corredores y cubierto con una larga manta roja. En la segunda, una casona de la avenida Viera que alojó durante años a la llamada Escuela al Aire Libre y que hoy funciona como museo y centro cultural Casa Quiroga, solía aparecerse a los niños, caseros y cocineros. Lo veían sentado en una mecedora junto a la estufa o, en el fondo del terreno, revisando los cultivos de verduras y usando a escondidas las herramientas del galpón. Siempre tenía el aspecto que muestran sus últimas fotografías: delgado, de piel arrugada y amarillenta, con la espesa barba cubriéndole el rostro y una expresión triste, cansada y ausente.
Esos no son los únicos lugares de sus recorridos después de la muerte. También se habla de apariciones en la zona de la Costanera Sur, especialmente cerca del mausoleo construido en su honor, donde se encontraba la célebre y temida urna de Ezria, que guarda sus cenizas. Otros aseguran haber visto al fantasma repetir en bicicleta el famoso trayecto entre Salto y Paysandú, pedaleando con orgullo y vistiendo la camiseta del Club Ciclista Salteño.
Las apariciones del espectro de Quiroga suelen asustar a quienes se lo encuentran. Sin embargo, desde otra perspectiva, parecen naturales: ¿qué destino podría ser más apropiado para el fantasma de un hombre que vivió como un desterrado que intentar recuperar, después de muerto, el familiar sabor de su tierra natal y regresar a las entrañas de la madre tierra?